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03

Enero de 2015

Obscena Ausencia - La Consagracion de la Nada

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LA CONSAGRACIÓN DE LA NADA

Michel Suárez*

 

 

 

Habría que remontarse a una época menos condescendiente consigo misma que la nuestra para poder encontrar voces vigorosas contra un curso civilizatorio amenazado de ruina. Ochenta años atrás Huizinga afirmaba que sus coetáneos vivían en un mundo enloquecido, y a "nadie le sorprendería que, huido el espíritu, la locura explotase de repente en frenesí, dejando embrutecida y mentecata a esta pobre humanidad, bajo el ondear de sus banderas y el zumbido de sus motores". Esa clarividencia fue compartida por un buen número de pensadores, artistas e intelectuales decididos a imputar el extravío general de su tiempo, que se perfilaba ya claramente hacia la tiranía de la novedad, la utilidad y la mecanización como fines en sí mismos. Lejos de conmover las más altas pasiones del corazón y el bien común, como quería la gran tradición humanista clásica, la civilización se dejó seducir por las más imprudentes propuestas de las vanguardias de las primeras décadas del siglo pasado, y mordiendo sus señuelos ahistóricos, militaristas y tecnológicos se embarcó en un proyecto que suponía la consumación del Futurismo. La arquitectura opresiva y vertical idealizada por Sant'Elia, la apoteosis del ruido predicada por Russolo y la denigración de la mujer, el dinamismo mecánico, la apología de la guerra y la crueldad, tan caros a Marinetti, son hoy algunos de los principios básicos sobre los que se sustenta nuestra civilización occidental. Inaudita productora de desperdicios materiales e intelectuales, generosa instigadora del productivismo, el prestigio mediático, el poder personal, el pragmatismo y el consumo de nocividades, nuestra hipermodernidad ultratecnológica no habría conseguido encarnar las alucinaciones da las vanguardias si no hubiese procedido a corroer uno de los principios capitales de nuestra tradición: la función de la crítica.
Transformada en mero comentario, vía de promoción personal o feria grotesca de gurús televisivos y cibernéticos, la crítica de lo establecido ha dejado de ser una obligación moral, en primer lugar, para los académicos, replegados sobre sus nichos de saber especializado; y, en segundo lugar, de forma más amplia, para los escritores y artistas, cuyas obras carecen del sello de la confrontación radical de la realidad que una vez los singularizaron. En los márgenes de las poéticas da la evasión, donde toda iconoclastia es un acto heroico, los más inclinados a la protesta se han entretenido con la espuma, incapaces de comprender que no se trata únicamente de incidir en ámbitos concretos o de exigir algunas mejores puntuales, sino de cuestionar a toda una civilización que ha aniquilado el sentido de la memoria colectiva hasta borrar sus últimos rastros.
¿Sobre qué presupuestos morales, políticos o filosóficos se podría erigir una crítica global del curso civilizatorio, si la matriz de nuestra tradición, esto es, la perspectiva histórica, ha dado paso al reino de la desmemoria y a estos días sin huella donde proliferan masas digitales de datos e imágenes fugaces? ¿Sobre qué principios apoyarnos para construir un sentido general de la existencia, si los sólidos referentes proporcionados por siglos de reflexión sobre el ser humano y su naturaleza han cedido a un tiempo digital, huidizo y evanescente que, en lugar de suministrar una visión panorámica del Regnum Hominis, nos ofrece un mundo emperrado en la producción industrial de basura, mediocridad, fealdad y esperpénticos espectáculos de masas?
Como bien advirtió Sheldon Wolin, no es posible alcanzar una comprensión cabal de nosotros mismos ni del mundo si no se derrota, de una vez por todas, la tiranía ejercida por las categorías ideológicas que han dominado el espacio intelectual de las últimas décadas y no retomamos una tradición de discurso que nos conmina a dialogar con los muertos de otros siglos, valiéndonos de un instrumental crítico que nos exige poner permanentemente en solfa nuestras acciones, nuestras motivaciones, nuestras instituciones. La tradición de discurso, valor profundo de la democracia y el único capaz de proporcionarnos una perspectiva general, ha permanecido bloqueada por los discursos disolventes del postmodernismo, el empobrecimiento de la experiencia impuesto por una extrema privatización tecnológica de la vida y un consumo catatónico de imágenes que se suceden sin cesar. Los hombres y mujeres de nuestros días ya no aspiran a nuevas experiencias, sino, como escribió Benjamin, a librarse de toda experiencia, a un "mundo en el que puedan ostentar tan pura y claramente su pobreza externa e interna que es difícil pensar que algo decente pueda resultar de todo eso". Esta tendencia a la reclusión y al distanciamiento de los asuntos de la polis ha sido potenciada de forma fabulosa por las últimas décadas de desarrollo tecnológico, pero no constituye ninguna novedad en el proceso histórico. Antes bien, es la condición esencial para la consolidación de los regímenes tiránicos u oligárquicos como los que padecemos en nuestros días. Empero, a diferencia de lo que ocurre actualmente, esa inercia fue contestada desde el seno de nuestra tradición por figuras como Demóstenes, quien avisaba a sus conciudadanos de que la firmeza y el rigor en la esfera pública les proporcionarían un beneficio único, pues la "apatía y el desinterés les condenarían a ser víctimas de los políticos profesionales". También Tocqueville apreció con claridad que de no oponer resistencia a la pasividad, "el despotismo acaba tornándose irresistible, pues retira de los ciudadanos cualquier pasión común, cualquier necesidad mutua, cualquier voluntad de un entendimiento común, cualquier oportunidad de acciones en conjunto, enclaustrándolos en la vida privada".
La panoplia de desconstrucciones, "genealogías del poder" y "pensamientos débiles" que han devastado el espacio crítico durante las últimas décadas, despejaron el camino a las tremendas y brutales transformaciones que están en curso y que poseen un carácter radical y sustantivo. Es precisamente esta nueva y amenazante realidad la que demanda un replanteamiento crítico profundo de nuestra cultura, entendida aquí en un sentido amplio, es decir, como una redefinición de nuestros puntos de anclaje fundamentales, de los valores orientadores de la existencia, de las relaciones entre arte y vida, de la estrecha interrelación entre creación y política, del urbanismo y la arquitectura, y de la importancia de la vida del espíritu como necesario refugio del fragor del mundo. En otras palabras, las mutaciones de las que somos testigos exigen tirar del freno de emergencia del tren del fetichismo tecnológico para preguntarnos por el modelo de polis y de politai que estamos gestando, por cosas como cuál es la necesidad de un Estado nacional, qué y cómo producir y consumir, qué es lo que los niños deben y no deben aprender, y cómo deben aprenderlo, cuál será el peso que la autonomía y el principio de juicio individual tendrán en su formación, en qué medio físico crecerán y cómo contribuirá el dibujo de la ciudad a su crecimiento personal, a su libertad, a su vida de relación, etcétera. Si no formulamos urgentemente todas esas preguntas elementales, para evitar la catástrofe sólo nos restará el favor de los dioses, esperanza que para los antiguos constituía la mayor de las desgracias: colocarse a merced de la suerte.
Podrían bastar unas líneas para trazar el esquema básico de un programa civilizatorio. En la Oración fúnebre de Pericles, recogida en la Historia de la Guerra del Peloponeso, Tucídides registró un modelo exactamente opuesto al nuestro: "Somos amantes de la belleza sin extravagancias y amantes de la filosofía sin indolencia. [...] Solamente nosotros ayudamos a otros sin temer las consecuencias, no por mero cálculo de las ventajas que obtendríamos, sino por la confianza inherente a la libertad". Pero además de esta declaración de amor a la belleza y a la verdad, los atenienses del periodo clásico nos legaron un sentido hoy desconocido del bien común: "Consideramos a aquél que no participa de la vida de ciudadano, no como alguien que cuida únicamente de su propia vida, sino como un inútil". Servirá como prueba del deterioro general el hecho de que, mientras que para los griegos la utilidad se medía en términos de interés por el bien común, nosotros lo midamos exclusivamente en términos de rentabilidad económica, beneficios prácticos y ventajas inmediatas.
No obstante, nos precipitaríamos en el ridículo si pensásemos que nuestras perturbadoras inclinaciones al mal y a la barbarie serían conjuradas mediante la (re)creación de códigos de conducta inspirados en el amor a la belleza, la verdad y el bien común. Como los propios griegos demostraron, el cultivo del saber no es suficiente para refrenar las pasiones más bajas y degradantes. El estudio de las profundidades del ser humano nos ayudará, sin duda, a entender y, tal vez, a remediar, a estimar riesgos y sopesar peligros, a no enveredar por rutas sospechosas ni caminos inciertos. Sin embargo, renunciar a dicho estudio y entregarnos atados de pies y manos a un desaforado incremento de máquinas y artefactos de toda laya, a una insensata cruzada contra el medio natural y a la carrera por el oro y el poder como objetivos centrales de toda la existencia constituye una garantía de ruina moral.
En medio de la bancarrota crítica actual, no se atisban indicios de que un proyecto de transformación integral de la civilización esté en marcha. Tampoco cabe dudar de su imperiosa necesidad. A diferencia del impulso nihilista y las tormentosas relaciones que las vanguardias artísticas mantuvieron con el pasado, alcanzaría con volver a escuchar las voces procedentes de una Res Publica de las Letras que nos conminaba, por encima de todo, a tratar de entender el mundo y a entendernos a nosotros mismos, a recuperar la tarea del autoconocimiento golpeada ferozmente por la velocidad frenética de un mundo sin pausa. Denunciar el encarnizamiento con los postulados clásicos, y eternos, de belleza, verdad y bien común, convertidos en arcaísmos y azotes eurocéntricos por la postmodernidad, será un primer paso imprescindible para poder sentar las bases de un pensamiento profundamente cuestionador. Pero conviene no llamarse a engaño: los esfuerzos por crear este nuevo clima mental exigirán un desplazamiento radical del papel del intelectual, el abandono de su posición de confort que oscila entre la sumisión y la intimidad con el poder y las críticas aceptables de los marginales consagrados, como los denominó Adorno.
Nada se parece tanto a la capitulación deshonrosa como sus jubilosas proclamas de adaptación a los tiempos. En el mejor de los casos, han recelado de algunas consecuencias desagradables de la civilización de la máquina y han envuelto sus requisitorias en los paños más calientes, pero muy pocos intelectuales se han sentido obligados a impugnar hasta las últimas consecuencias los falsos dioses mecánicos y electrónicos sobre los que se ha construido el nihilismo contemporáneo, este Triunfo de la muerte que no encontrará a un Brueghel el Viejo que lo denuncie.
Hoy más que nunca necesitamos la atormentada luminosidad de Simone Weil, quien, apoyándose en la "Ilíada", colocaba a los obreros de su tiempo frente al abismo insalvable que constituía el uso de la fuerza y les recordaba que la ausencia de economía entre medios y fines era una de las razones de todo lo que de insensato y sangriento había registrado la Historia. Necesitamos, igualmente, desembarazarnos de un arte contemporáneo sin filo crítico, revoltijo de plexiglás, montajes e happenings, y recordar que hubo artistas, como Vlaminck, que clamaron sin la menor ironía que era necesario "desobedecer al progreso, a la civilización. Desobedecer a la moda, al esnobismo, a las teorías aleatorias, contradictorias irracionales. ¡Desobedecer a la máquina! ¡Desobedecer a la idiotez! Seguir el camino opuesto recorrido por la multitud, por la masa. Renegar del ideal de la hija de la portera, del hijo del banquero, del jubilado de la Seguridad Social". Vlaminck no hacía sino continuar la senda del gusto inagotable por la libertad y la autonomía abierta por La Boétie, un espíritu verdaderamente esclarecido que supo ver con precisión el mecanismo profundo de la opresión y la forma de librarse de él.
Sé bien que estos argumentos atraerán la cólera sarcástica de quienes los consideran propios de bellas almas y candorosos pasadistas. No importa: en vista la fabricación en serie de mutantes conectados a sus prótesis electrónicas con la que nos amenaza la "sociedad de la información", no habrá más remedio que desandar el camino y volver sobre nuestros pasos para encontrar las claves explicativas del atolladero actual. En ese trayecto debemos mantener los clásicos a mano para prevenir la caída, como quería Virginia Woolf, pero debemos exigir de igual modo la compañía de intelectuales que iluminen la ruta y nos orienten en las encrucijadas.
El ejemplar injuriador que fue George Bernanos afirmó que el intelectual, por definición, debería resultarnos sospechoso; por intelectual, el francés entendía "el hombre que se da a sí mismo ese título en virtud de los conocimientos y los diplomas que posee". No se refería al "sabio, al artista o al escritor cuya vocación es la de crear, y para los cuales la inteligencia no es una profesión, sino una vocación". El intelectual es con frecuencia "un imbécil al que deberíamos tener siempre por tal, hasta que nos haya demostrado lo contrario". Y únicamente conseguirá demostrar lo contrario cuando cumpla con su deber de denunciar sin piedad el actual reino de la nada, cuando logre que nos aterroricemos de nuestros propios actos y nos haga permanecer vigilantes frente a los progresos de nuestra homicida estupidez.

 

 



* Michel Suárez. Redactor de la revista Maldita Máquina. Cadernos de Crítica Social; reside en Rio de Janeiro.